El camino por delante

A más de ocho meses desde que se declaró una emergencia sanitaria por una pandemia que aún no hemos podido controlar en el país, hemos salido del estado de shock inicial. La “nueva normalidad” comienza a sentirse normal y la incertidumbre se ha convertido en resignación y cansancio. Parte de esta nueva normalidad, sin embargo, involucra realidades inaceptables: la proliferación de la escasez, el paro y la pobreza ha regresado al escenario cotidiano. Como consecuencia de los niveles de desigualdad que ya se vivían, así como de la corriente de política económica que ha marcado la mayor parte de las últimas tres décadas caracterizada por constantes recortes a los servicios sociales y estímulos fiscales para quienes más tienen, hoy es palpablemente claro que los pobres se ven afectados de manera desproporcionada por la enfermedad así como por las condiciones sociales y económicas que han resultado de su propagación. Si bien las fuerzas que han llevado a una buena parte del mundo hacia estas condiciones parecen ineludibles, lo cierto es que no se trata de falta de recursos, fuerza de trabajo o infraestructura, sino de la manera en la que hemos designado cómo se usan esos recursos o sistemas, así como quién tiene derecho a usarlos y quién no. En este sentido, parece ser que lo nuevo de esta normalidad no ha conseguido modificar las características de nuestras sociedades que nos dejaron vulnerables en primer lugar.

Rechazar la crueldad es un acto radical

La nube de la inseguridad alimentaria siempre se ha cernido sobre los pobres y, con la propagación de la Covid-19, se ha vuelto más grande y oscura.

Las estructuras que enmarcan nuestras relaciones sociales, políticas y económicas no sólo han ignorado históricamente a los grupos de la población cuyo poder adquisitivo y valor político les resultan irrelevantes, sino que también han perpetuado estas condiciones materiales, a las que enseguida determinan como marginales.

El día de hoy, en la mayor parte de Occidente, el ejercicio de la solidaridad ha terminado por convertirse en una práctica radical. A pesar de que este comportamiento fue un elemento crucial para la supervivencia de nuestra especie durante miles de años, la proliferación masiva de productos culturales que glorifican la competencia y la individualidad así como el despliegue de programas educativos que castigan o regulan el compañerismo, los afectos y la compasión han conseguido la hegemonía de la individualidad, que se ve reflejada en la transición de una política económica liberal que caracterizó la sucesión de la Segunda Guerra Mundial hacia la exaltación del individuo promovida por pioneros como Margaret Thatcher y Augusto Pinochet.

La necesidad de que las localidades y los estados opten por la caridad sobre la enemistad solo crece a medida que la recesión aumenta las filas de personas sin comida y sin hogar. El flujo ahora incluye una cohorte considerable de inquilinos inocentes desalojados por propietarios embargados. Satisfacer el déficit de compasión que hemos acumulado requiere de tiempo y un esfuerzo comprometido para revisar y rediseñar la ideología hegemónica y los dispositivos que la propagan, sin embargo, cada esfuerzo es vital si pretendemos dejar atrás la cotidianidad vigente.

¿Cómo empezar?

Aunque la dimensión de los cambios y la crudeza de las condiciones actuales frecuentemente generan la sensación de impotencia y la impresión de que no existe una forma realista de cambiar la realidad, esto no supone una apología de la negligencia y la apatía. Hacer consciencia de los rasgos crueles que permean nuestras relaciones sociales es el primer paso para deconstruir estos dispositivos, sistemas y fenómenos.

La verdadera compasión significa no solo sentir el dolor de otra persona, sino también sentirse movido para ayudar a aliviarlo.

En términos prácticos, sería necesario fomentar la compasión en lugar de contenerla. La verdadera compasión significa no solo sentir el dolor de otra persona, sino también sentirse movido para ayudar a aliviarlo. Aquellos que sienten la angustia de otra persona con más fuerza tienen más probabilidades de ayudar; los menos conmovidos pueden ignorar más fácilmente la angustia de otra persona. Aunque la mayoría de nosotros cargamos conjuntos de estereotipos y expectativas sociales que escapan constantemente a la razón, existen maneras de propiciar esta sensibilidad básica al sufrimiento de otros. Una mayor compasión por el vecino, por ejemplo, puede provenir de algo tan fácil como animarse a pensar en él como fanático del mismo restaurante local en lugar de como miembro de una etnia diferente. El simple hecho de aprender a recategorizar mentalmente unos a otros en términos de puntos en común generaría una mayor empatía entre todos nosotros y fomentaría la solidaridad de una manera bastante sencilla.

Alimento Para Todos existe por un sentido de empatía y compasión. En México, la severidad del hambre y la pobreza han atravesado nuestra historia y aún hoy, se calcula que cerca de la mitad de las personas viven en pobreza. A pesar de que hemos construido divisiones físicas y sociales para ignorar este hecho, la constante interacción con grupos marginados nos ha permitido desdibujar las categorías que se asocian con estas personas y abogamos por un sistema alimentario que no deje a nadie fuera. Frente a estas condiciones estamos convencidos de que, hoy más que nunca, es el momento de actuar por los demás.


Durante los últimos meses, los bancos de alimentos se encuentran bajo una gran presión para solventar la demanda a medida que el sector productivo avanza con cautela y se reestructuran las cadenas de valor. Si deseas contribuir, puedes hacerlo aquí mismo. En Alimento Para Todos nos aseguramos de que tu ayuda vaya directamente a la lucha contra el hambre.

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