Una nueva forma de ayudar.

Desde el mes de Junio que en México se ha escuchado hablar de una nueva normalidad y esta discusión se desenvuelve cada semana: observamos nuestra situación, escuchamos expertos y se emiten recomendaciones. El objetivo ahora es el » desconfinamiento». La nueva normalidad se manifiesta como una contradicción que no podemos evitar percibir. La normalidad se construye a través del tiempo, poco a poco. La nueva normalidad será en cambio algo muy lejano a los lentos procesos sociales que han convertido a lo cotidiano en lo normal. Llega en un momento de shock en el que el dolor y la enfermedad han asediado casi a cada nación del mundo y sin embargo la tomamos, porque es lo único que tenemos. Después de estos largos meses de cifras que resuenan en los titulares y su materialización en nuestras vidas y las de nuestras comunidades: el desempleo, los muertos, los enfermos; toca ahora estructurar nuestros pensamientos, buscar cierta compostura y enfrentarnos a lo que nos queda. Para una cultura que se dedica a evitar el dolor y el conflicto es un enorme fracaso.

No es lo mismo abrir que desconfinar; con revisiones semanales de nuestro comportamiento, la salud de nuestras ciudades y nuestra capacidad médica para hacer frente parece por momentos que caminamos sobre el hielo buscando fisuras: damos un paso, buscamos areas robustas, retrocedemos si escuchamos un crujido y volvemos a observar. Toda esta precaución es necesaria mientras seguimos intentando vencer a un enemigo invisible. Nuestra nación está acostumbrada hasta cierto punto a lidiar con desastres pero nuestra generación nunca había tenido que convivir con la muerte tan de cerca, sobre todo aquellos que vivimos en la capital. Esta crisis ha golpeado exactamente las partes más débiles de nuestras estructuras productivas y sociales y ha expuesto aquellos males que por décadas hemos sabido ocultar y que de forma negligente hemos dejado sin solucionar.

Miles de personas que nunca antes habían imaginado que tendrían que decidir entre pagar la renta o hacer el super para su familia ahora pasan sus días presentando solicitudes de ayuda financiera, seguro de desempleo, pidiendo prórrogas a los propietarios de sus hogares y renegociando pagos con los bancos. Cientos de miles se han encontrado con un crudo recordatorio: hay males en el mundo que aún no aprenden a discriminar. Este recordatorio puede dejarnos perplejos y con una sensación de impotencia; una mutación que se dio aleatoriamente se esparce por el mundo, asesinando a cientos de miles y lastimando familias. La vida y la muerte pueden parecer completamente arbitrarias, las religiones y las filosofías, bromas crueles. Lo único que importa es la supervivencia. Tanto sufrimiento que parece no tener sentido ni significado puede hacer que comencemos a adoptar una actitud egoísta. Esta mentalidad es la tentación del momento, pero, por supuesto, es errónea.

La otra parte de esta nueva normalidad también implica que un nuevo mundo está comenzando y, a pesar de que siempre es más fácil encontrar belleza en el que se termina, el deber que ya no tenemos el lujo de ignorar es el de participar en la construcción del que está por venir. Esta vez tenemos una nueva oportunidad de abordar las debilidades que nos han dejado vulnerables y cuya falta de resolución ha dejado a miles de personas sin comida, trabajo ni esperanza. Mientras algunos trabajamos a distancia y nos lamentamos de las reuniones y los abrazos perdidos, millones clamarán, reclamarán y exigirán. La respuesta que nuestros gobiernos e instituciones sean capaces de dar será lo que realmente defina esta «nueva normalidad».Aún sin manuales ni planos para construirla, se hace cada vez más evidente que el mundo que tenemos delante demandará respuestas, firmeza y compromisos cívicos. Los bancos de alimentos, junto a numerosas agencias y organizaciones han sido testigos directos de esta transformación. Hemos observado de cerca cómo una realidad termina y otra ha tomado su lugar; una en la que el manejo responsable de alimentos y su redistribución se ha convertido en un elemento crucial para nuestra supervivencia. Sin embargo, hemos tenido que hacer un balance, reducir riesgos y adaptarnos a una continua amenaza que no sabemos cuándo acabará. Los programas de voluntariado han estado suspendidos por meses y el acopio y entrega de comida se hace ahora con más cautela. Tener que mantenernos separados, observarnos a la distancia, con miedo y precaución parece ir en contra de nuestros instintos. Es por esto que reconocemos la necesidad de ampliar y diversificar las maneras en las que hacemos comunidad. Hemos mantenido el contacto constante con nuestros beneficiarios pero reiteramos la importancia de hallar formas de colaborar, de manera segura, con quienes pueden ayudar; con aquellos de nosotros que tenemos comida en el refrigerador y tiempo, fuerza, conocimiento, productos u otras herramientas para ofrecer a quienes se han quedado sin nada. Desde las trincheras de la lucha contra el hambre hemos observado que, pese a todo el dolor, la pandemia ha sido una fuerza humanizadora que ha permitido vernos los unos a los otros de una forma menos superflua: ver la fragilidad, el miedo y el coraje. Esto es lo que nos da esperanza cuando lo único que nos queda es encarar la nueva normalidad.