En busca de un planeta sin hambre

El año 2020 seguramente durará en la memoria colectiva un largo tiempo. Durante estos siete meses hemos sido testigos de enormes cambios a la forma en la que vivimos y en la que entendemos el mundo; hemos recibido un recordatorio de que todo puede cambiar repentina y simultáneamente. Entre los afanes de nuestra especie ha prevalecido, pese a todo, la curiosidad por explorar literalmente otros mundos.

Tres agencias espaciales alrededor del planeta se están preparando para regresar a Marte este verano. China, Estados Unidos y los Emiratos Árabes Unidos planean aterrizar en la superficie del planeta rojo. Es de esperarse que la comunidad científica celebre estas misiones y sin embargo para muchos no es del todo clara la razón por la que se ha decidido volver a Marte una vez más.

El estado actual de nuestro planeta parece estar principalmente caracterizado por la disrupción, el desorden y la enfermedad. En momentos como este buscar un escape, de cualquier manera posible, se manifiesta como una tentación que muchos hemos encontrado. Si bien las fronteras dentro de este mundo están cerradas, la posibilidad de encontrar algún sentido de libertad llegando a otro resulta especialmente atractiva, sin embargo las posibilidades de poder hacerlo no alcanzan para todos. En su lugar, valdría la pena buscar otro mundo desde nuestras propias casas y ciudades; si algo nos han enseñado estos meses, es que este mundo es capaz de ser cambiado para bien o para mal.

La otra noticia del día parece ser la misma en decenas de países que han publicado la información de su actividad económica con una constante siniestra: caídas históricas del PIB; “la peor caída de la historia” se lee una y otra vez en periódicos de aquí y allá. Ahora, en retrospectiva, parece que enero ocurrió hace mucho tiempo, en un lugar que ya no existe. Basta con salir a caminar por las calles de la Ciudad de México para que esta sensación se reafirme: hace un mes, aproximadamente el 40% de los pequeños comercios ya habían decidido cerrar definitivamente como resultado del confinamiento.

Corroboramos que, a través de agencias de primera línea, los alimentos lleguen a quienes los necesitan.

Aún atrapados en este mundo, tenemos la elección de vivir de otra manera.

No sólo son los comercios cerrados, nos toca ver la realidad en los mensajes de amigos y familiares pidiendo ayuda porque se han quedado sin empleo o se encuentran sin manera de solventar los gastos. Desde las organizaciones de la sociedad civil, se observan a personas que solían ofrecer apoyo a otros ahora formados en las filas de programas de asistencia. La magnitud de este cambio no es menos que abrumadora: parece que estamos condenados a vivir con un virus que no pudimos contener y al mismo tiempo lidiar con el trauma económico más profundo del que ha sido testigo cualquier persona que esté con vida.

La única forma valiente de escapar de este mundo es transformándolo en otro.

La única opción que nos resta es permanecer aquí y continuar con nuestras vidas; sin embargo, esto no significa que estamos obligados a continuar la vida de la misma forma que antes. Aún atrapados en este mundo, tenemos la elección de vivir de otra manera. Abandonar la propuesta que se nos ha repetido sin cesar en las escuelas y los productos culturales de que la codicia es buena y que todos estamos mejor cuando las personas se dedican a la búsqueda sin límites del interés propio se convierte en un acto que busca remodelar un planeta que parece haberse averiado. Reimaginar el concepto de responsabilidad para extenderlo hacia los otros es necesario si esperamos poder ver un día una realidad diferente. La incapacidad de comprender que la responsabilidad personal es igual de importante que la responsabilidad social es lo que ha engendrado billones en ganancias para un puñado de personas mientras que 50 millones han caído en la pobreza.

La única forma valiente de escapar de este mundo es transformándolo en otro. Derribar el culto al individualismo es el paso más crítico para poder hacerlo. Estos tiempos nos ofrecen la posibilidad de cuestionar los dogmas culturales y las nociones económicas que no han podido prevenir este desastre. Hacer de la caridad parte de la forma en que nos conducimos tiene el potencial de cambiar radicalmente nuestra realidad. Si después de todos estos meses no hemos podido comprender la relación entre el individualismo de unos y el sufrimiento de otros, entonces nunca nada nos hará entender.