En México, nos enfrentamos a un panorama económico cada vez más difícil. El incremento del costo de vida no ha dado tregua y el costo de los precios de la canasta básica coloca a la seguridad alimentaria en el foco de atención: hasta febrero de este año, el costo por persona fue de 4,877.87 pesos en zonas urbanas y 3,494.95 pesos en zonas rurales, según datos de la canasta alimentaria y no alimentaria. Esto significó un aumento anual de 4.5% y 4.6%, respectivamente.
Este fenómeno tiene consecuencias en la calidad de vida de las personas: las familias sacrifican calidad nutricional por cantidad calórica, reducen el número de comidas diarias o recurren a alternativas de bajo costo pero que por su escasa cantidad de nutrientes y alto impacto sobre la salud resultan siempre perjudiciales.
El incremento de precios no afecta solamente la calidad de vida, es un fenómeno que incide en diversos factores estructurales del país.
La autosuficiencia alimentaria continúa en una fase de deterioro y esto significa una creciente dependencia de importaciones de granos básicos como maíz, trigo y arroz. Esto significa que la balanza económica también está sufriendo cambios, dejando al país en un déficit.
Por otra parte, la inflación alimentaria no sucede en un vacío geopolítico, los conflictos armados han impactado las cadenas de suministro globales. Esto tiene un impacto sobre el precio de los combustibles, encareciendo el transporte y la logística de distribución. La Alianza Nacional de Pequeños Comerciantes ya advirtió que esta cmbinación de factores podría encarecer los alimentos hasta un 40% durante 2026.
Desde nuestro ámbito de acción, nos tomamos esta realidad en serio. Durante los últimos años hemos ampliado significamente nuestra capacidad logística, estableciendo alianzas con cada vez más sectores industriales y comerciales para rescatar alimentos que, aunque aptos para consumo, terminarían en la basura.
Esta situación, sin embargo, nos atañe a todos y nos convoca a reimaginar nuestro modelo de producción, distribución y consumo de alimentos. Creemos que debemos establecer una ruta de acción dando prioridad a los más de 35 millones de hogares que todavía no pueden accede a alimentos de calidad.
Frente a lo difícil de esta situación, el papel de la solidaridad es fundamental: todos los individuos y empresas que contribuyen con donativos financieros o en especie contribuyen de manera importante a construir una red de apoyo que permite a miles de familias acceder a una vida digna.
Queremos recalcar que la inseguridad alimentaria no es un destino inevitable, sino el resultado de decisiones que afectan a todo nuestro sistema alimentario y que pueden y deben ser repensadas desde otra perspectiva; dando prioridad a reconocer que en medio de la escasez, la generosidad y la responsabilidad corporativa pueden cambiar el rumbo.