En México, donde la modernidad se entrelaza con viejos prejuicios, 5 millones de mexicanos de la comunidad LGBTTTIQ+ enfrentan una paradoja: mientras el país avanza en el reconocimiento legal, la discriminación sigue robándoles el sustento diario. Según la Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG 2021), 3 de cada 10 personas LGBT+ sufren exclusión sistemática en sus trabajos, hogares y espacios públicos. Esta marginación se traduce en estómagos vacíos. Estudios recientes muestran que esta población tiene 1.5 veces más probabilidades de experimentar inseguridad alimentaria que el resto.
Detrás de estas cifras hay historias reales. Jóvenes que son expulsados de sus hogares al revelar su identidad –solo 22% encuentra un hogar afirmativo–, adultos que pierden su empleo por su orientación sexual, y mujeres trans asesinadas a un ritmo alarmante (80 en 2024, de las cuales el 68.8% son trans). La violencia y el rechazo crean un ciclo vicioso: sin empleo formal y sin una red de apoyo, la difícil elección entre pagar la renta o comprar comida se convierte en una rutina. Además, hay heridas invisibles: el 58% de los jóvenes LGBT+ reportan depresión y el 53% ansiedad, trastornos que complican aún más el acceso a una nutrición adecuada.
En Alimento Para Todos entendemos que el hambre tiene matices. Por eso, transformamos la solidaridad en acciones interseccionales. En nuestros centros de distribución, los protocolos antidiscriminación son una norma y se aplican gracias a un personal capacitado. Todo nuestro equipo está entrenado para ofrecer atención sin discriminación, porque un plato de comida entregado con respeto no solo alimenta el cuerpo, sino también la dignidad.
También trabajamos en lugares donde el Estado no presta atención. Mapeamos colonias como Nezahualcóyotl o Iztapalapa, donde la pobreza y la alta densidad de población LGBT+ se cruzan, para ampliar nuestras rutas de reparto. Y documentamos testimonios que revelan las duras realidades de la precariedad impuesta por una discriminación sistémica.
Las estadísticas son claras: con un 22.5% de inseguridad alimentaria a nivel nacional, la comunidad LGBT+ enfrenta un riesgo 50% mayor. Mientras que la tasa oficial de desempleo se sitúa en un 2.9%, ellos sufren una desocupación que es tres veces más alta, a menudo recurriendo a trabajos informales. Y al buscar apoyo, un 32% se encuentra con burlas o negativas debido a su orientación sexual, en comparación con un 23.7% de discriminación general.
Este no es un problema que se pueda ignorar. La exclusión por identidad es un factor social que contribuye al hambre, y para combatirlo se requieren compromisos valientes. Desde nuestra posición, continuaremos construyendo redes que afirman identidades mientras proporcionamos alimentos. Pero hacemos un llamado a todos –donantes, voluntarios, legisladores– para que se unan: apoyando investigaciones que visibilicen esta crisis, replicando modelos con enfoque de género en bancos de alimentos, y exigiendo políticas que penalicen la discriminación laboral. Porque en México, nadie debería tener que elegir entre vivir con orgullo o comer con dignidad.